jueves, 11 de noviembre de 2010

Mis Historias: El trabajo del artesano

Escribí este breve cuento a propósito para un extraño concurso literario que ofrecía una revista especializada en entierros, ataúdes y demás parafernalia fúnebre. Como es lógico, el cuento tenía que tratar algún aspecto relacionado y decidí contar la historia de un arrepentido pecador y del maestro escultor que haría su lápida. La resolución del concurso salía al cabo de tanto tiempo que al final se me olvidó mirar si había ganado o no, pero en fin, imagino que en caso de haber ganado me habrían avisado. El caso es que el relato en sí no está mal pero vosotros sois los verdaderos jueces.


El trabajo del artesano

Hace dos semanas, este hombre de manos curtidas y pelo ralo, salió de su casa e hizo este mismo camino con una sombra en el corazón y la mirada perdida. Aquellos que le vieron volver hacia su casa, murmuraban que llevaba una pesada losa sobre sus hombros y todos se apartaban para dejarle paso. Hoy, Pedro Barrena, hace de nuevo el camino a casa de Don Azua con paso tembloroso y una pesada lápida de piedra envuelta en una manta a la espalda. Los vecinos cierran las ventanas y postigos cuando le ven pasar encorvado, cual pájaro de mal agüero.
Parado frente la imponente casa, Pedro recuerda la primera vez que estuvo allí, muchos años atrás, con menos callos en las manos y más pelo en la cabeza; temblando por tener que pedirle un favor a Don Azua. Ese día también recurrió a la memoria para calmarse: todos los niños corriendo al encuentro del rico señor cuando llegó con su primer automóvil, la brillante carrocería, los vítores de los chiquillos, una ancha sonrisa y la frente bien alta. Don Azua le recibió en su amplio y luminoso despacho, lleno de libros y con una enorme mesa de madera noble. Escuchó pacientemente el discurso que Pedro tantas veces había ensayado sin decir ni media palabra, observando como el artesano se agarraba a su gorra como si fuera un salvavidas.
-Te daré el dinero que necesitas Pedro Barrena, y no tienes que devolvérmelo, es tuyo; pero un día, tú me harás el favor a mí.
Su única hija tardó casi un mes en recuperarse de las fiebres y le quedaron unas pequeñas marcas en los brazos pero creció sana y fuerte, se casó y se fue a vivir con su marido. Mientras deja el pesado bulto suavemente en el suelo para llamar, Pedro se alegra de tener dos nietas tan hermosas.
Una vez más es Juan Azua, el hijo mayor, el que abre la puerta. Su expresión sigue igual, más triste si cabe que dos semanas atrás. Musita un saludo, mira el paquete sujeto con cordel y ayuda a Barrena a cargarlo hasta el piso de arriba. Compartir esa carga durante los dos tramos de escaleras y por el pasillo hasta el dormitorio los acerca, como hermanos de procesión.
Se comentaba que nadie subía al piso de arriba de la casa de los Azua. Allí estaban los dormitorios y los Azua eran muy celosos de su intimidad. Todos y cada uno de los muchos negocios de Don Azua se llevaban a cabo en su despacho y algunas veces, si el asunto no avanzaba a su gusto, en la cochera o al fondo de la era que tienen por jardín. El dinero de la familia Azua había levantado a la ciudad y cada domingo desde que llegó, el alcalde, fuera quien fuera en ese momento, almorzaba en casa de Don Azua, pero nunca subía a su dormitorio. Así, cuando Pedro fue requerido en casa de los Azua, el miedo se apoderó de él, temió no ser capaz de devolver el antiguo favor y quedar condenado a sufrir un penoso castigo; pero cuando Juan Azua, le indicó secamente que subiera las alfombradas escaleras, Pedro Barrena siseó “Miserere mei, Deus, secundum misericordiam tuam…”. Si Juan lo oyó, nadie lo puede decir.
La primera vez que entró en el cuarto quedó asombrado por el exceso: un espacio enorme, iluminado por cuatro grandes ventanales, muebles macizos, una alfombra inmensa que casi cubría todo la habitación… Con tanto exceso, tardó unos segundos en descubrir que había alguien en la cama. Don Azua le mandó acercarse a la cama mientras su hijo cerraba la puerta y les dejaba solos. Pedro se acercó procurando no respirar más de lo necesario. En la cama, tapado hasta el cuello, con un montón de cojines para mantenerlo ligeramente recostado, el alto señor había perdido todo su esplendor. Una enfermedad le estaba consumiendo poco a poco. En la ciudad se decía que Don Azua, llevaba bastante tiempo sin salir de su mansión pero nadie sabía que agonizaba.
- Tú me guardarás el secreto hasta que me vaya, ¿verdad? Ha llegado el momento de que me devuelvas el favor.
- Pronto dejaré este cuerpo mortal y… necesito que me defiendas en el juicio que está por venir. Seré juzgado con severidad por mis pecados pero tú puedes abrirme las puertas del cielo. Te pagaré lo que pidas, pero no pongas a un aprendiz en ello; quiero que lo hagas tú. Si lo haces bien, te protegeré en muerte desde el cielo, como te ayudé en vida desde la tierra. No vuelvas hasta que sea perfecta…
Pedro se dejó guiar hasta la salida por Juan, que no le dijo ni una palabra, y ya en la calle se dio cuenta de la tarea que le había sido encomendada. Si la lápida de Don Joaquín Azua no cumplía, las calamidades lloverían sobre su familia como puños de granizo. En cuanto llegó a casa, entró en su taller, cerró el pestillo que nunca había cerrado y fue a buscar las mejores herramientas que tenia.
Mármol de Carrara, el mejor que tiene en el taller. Piedra blanca con suaves venas azules. Una vez pulido, la luz penetra en el mármol y parece que se queda allí un tiempo, cansada de correr, refugiada en la fría piedra, antes de volver a su infatigable carrera. El mármol es la piedra donde descansan los ojos de los ángeles y será la piedra que llevará el nombre de Azua.
El bloque esperaba ansioso a que Pedro se decidiera a dar el primer golpe con el puntero pero él siguió observando, buscando las líneas que han de ser, mirando la obra finalizada antes de empezar. Por fin, apoyó el puntero dulcemente en la piedra blanca y golpeó.
Pedro Barrena apenas salió del taller en dos semanas. Su aprendiz se fue a visitar a su familia y su mujer pensó que había perdido la cabeza. Trabajó con lentitud y armonía, no podía apresurarse. Cada muesca arrancada a la piedra es irremplazable, única, así como el vacío que deja. Un vacío que, poco a poco, establece unas formas que ya estaban allí, esperando. La gradina se desplazaba suavemente pero sin compasión, hundiéndose aquí y luego allí con sus dientes de metal, aflojando la piedra, y un poco más, y un poco más. Por arte de magia, como el viento en la niebla, el cincel desveló los bajorrelieves más finos que Pedro ha esculpido jamás. Todo formas curvas y limpias, aprovechando las sutiles vetas azules. Sólo una pequeña cruz y el nombre de Don Azua contienen líneas rectas, pues son los pilares de la existencia, uno mismo y el Señor Todopoderoso, las columnas que nos mantienen en la senda. Casi todas sus limas y escofinas pasaron por sus manos para pulir cada detalle, cada arista, cada sombra.
El artesano ha hecho su trabajo y ahora lo observa como antes de empezar, otro hijo nacido de sus manos. Pedro siente el pálpito en la piedra y sabe que es su mejor trabajo, el más esforzado y el más sublime; pero se pregunta si bastará.
Frente la habitación de Don Azua, todavía acompañado de Juan, que sigue ayudándole con la lápida, Barrena vuelve a preguntarse si bastará. La habitación está vacía y la muerte, junto a su dueño, se lleva la vida de cada esquina. Hay una robusta silla de madera al lado de la cama y, delicadamente, dejan la lápida allí apoyada. El rostro de Don Azua se ha marchitado casi del todo en esas dos semanas y Pedro se siente caer agarrado a unas brasas. Es el momento de su juicio, la sentencia de su arte. Con manos temblorosas, desata los nudos y cae la manta polvorienta.
Don Juaquín Azua no dice nada, cierra los ojos y suspira largamente. El aire que le sostenía se escapa lentamente mientras su figura se desmadeja un poco. Juan Azua le acompaña hasta la puerta de la calle.
-Gracias.

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